Sofonisba Anguissola

La historia de Sofonisba Anguissola es una muestra de ese silencio que ha pesado sobre la actividad pictorica de las mujeres en la historia. Claro ejemplo de voluntad, talento y valentía. Sofonisba nacio en 1532, en Cremona en el seno de una familia de la nobleza. Todas las hermanas estaban dotadas para las expresiones atísticas por lo cual su padre decidió que desarrollasen esa vocación. Es así como sofonisba recibe la educación a través de los grandes maestros de su ciudad y comienza una actividad bastante particular. realiza numerosas pinturas religosas y retratos pero no percibió nunca dinero alguno por ellas porque, en esos tiempos estaba muy mal visto que una mujer cobrara dinero. Pero si recibían obsequios, casi siempre muy valiosos, a cambio de sus trabajos. luego de pasar un tiempo en Roma recibiendo formación del pintor Miguel Ángel; el rey Felipe II la llama a su corte. Este rey acababa de contraer matrimonio con Isabel de Valois. Como a la joven reina le gustaban mucho las artes, Felipe II decide traer a Sofonisba, quien contaba con 27 años. Como era de sangre noble, llegó como dama de honor de la reina. Tuvo una vida muy activa porque le daba clases de pintura a la reina y pintaba a la familia real. Supo reflejar la introspección el rey, la alegría de Isabel y la bella frialdad de Ana de Austria. Pero sus cuadros fueron atribuidos a pintores como Antonio Moro o Tiziano, hasta que se descubrió su autoría hace poco tiempo.
En el año 1559 encontramos un autorretrato cuyo interés es evidente. Sofonisba dibuja su retrato y al pintor que lo ejecuta. Muchos especialistas han afirmado que el pintor no es Bernardino Campi, como durante siglos se ha creído, sino Orazio Vecellio, hijo de Tiziano, a quien Anguissola pudo conocer en Milán, cuando se hallaba camino de España. Algunos investigadores (principalmente Hans Buhr, 2004), apuntan a la existencia de un intercambio de retratos con el sujeto-pintor intercambiado: 'Vecellio pintando a Sofonisba', y 'Sofonisba pintando a Vecellio', y, aparentemente, un retrato muy similar, sólo que intercambiando los papeles, ha sido descrito entre los cuadros quemados durante el incendio del Alcázar de Madrid. Se sugiere también la existencia de un sonado romance entre los dos pintores. El retrato es fascinante. Sobre los fondos y las vestiduras oscuras del pintor y del sujeto retratado, los rostros, de nuevo, iluminan el doble retrato. La expresión de ambos rostros es amable, levemente sonriente. La sonrisa de ella recuerda el trazo y la ambigüedad de la de Mona Lisa. Las manos de uno y de otra reposan, en vertical, como reflejadas en un espejo horizontalmente colocado, resaltando la actitud simétrica de ambas. La mano del pintor se posa a la altura del corazón de la retratada. La multiplicidad y la dialéctica gramatical de las miradas se hace de nuevo evidente: del espectador al (doble) cuadro; del pintor y de la retratada al espectador. Estamos dentro del cuadro.