Edward Steichen

En su fotografía persistía lo pictórico: explotaba las supuestas cualidades poéticas de lo borroso en sus imágenes de bosques crepusculares y damiselas enigmáticas. Steichen había sido desde la década de 1890 a 1900, uno de los pictoristas punteros a escala mundial. La Gran Guerra terminó definitivamente con eso. Steichen se incorporó al servicio de fotografía aérea del ejército americano, y las experiencias que tuvo que atravesar lo indujeron a abandonar los turbios tonos del pictoricismo por otras imágenes mucho más nítidas y repletas de información y detalle. Aprendió las virtudes de la precisión; desde entonces se disiparon en su obra las últimas brumas pictóricas, para dar paso a un estilo nítido y directo. Utilizando este recién hallado poder descriptivo y al mismo tiempo apartándose del puritanismo de Stieglitz, Steichen entendió que la fotografía comercial podía crear su propia estética, así pues se apartó de su intimo amigo que pensaba que la fotografía era un arte pero solo cuando los individuos expresaban con ella sus personalidades únicas; para Stieglitz, la convivencia de Steichen con los nacientes medios de masas invalidaba el potencial artístico de su fotografía. En 1923, Steichen regresó a Nueva York como fotógrafo jefe de las revistas Vanity Fair y Vogue, entre los famosos que retrató para la primera se encuentran Greta Garbo y Charles Chaplin. Se convirtió en un cotizado retratista mundano. Steichen creó para estas revistas y para otros clientes unas fantasías modernas que ensalzaban a celebridades, a la moda en si y determinados artículos comerciales. Gracias a una muy cuidada iluminación y situación de los modelos, Steichen produjo imágenes que no eran solamente elegantes, sino que poseían un vigor gráfico que quedaba bien en la página impresa.


De su etapa como fotógrafo para las publicaciones Conde Nast (Vogue - Vanity Fair) es esta fotofrafía del 1932 de la carismática Joan Carwford vestida por la genial Elsa Schiaparelli.